martes, 23 de diciembre de 2008

EL SUICIDA, de Lone Scherfig

El suicida, o Wilbur wants to kill him self, aborda, desde el intento de suicidio, la soledad. Una soledad que es acompañada. Son varios los seres que viven en soledad y ninguno logra ser complemento del otro. Están dentro de una sociedad que los trata como pacientes, clínicamente, y todos están envueltos, o cegados, nadie sale de su túnel. Ni la muerte los libera, es sólo una posibilidad, no una certeza.

La historia trata sobre Wilbur, un suicida frustrado, que tras luego de varios intentos -fallidos casi de manera infantil, adrede y por temor- de matarse, entrando y saliendo de un grupo de ayuda psicológica en el hospital, llega a vivir con su hermano quien mantiene la librería de su padre fallecido hace poco. Harbour, trata de salvar desesperadamente a su hermano, y lo logra pero al final él muere. Antes de ello llega a su vida Alice, -con una niñas de unos 12 años- con quien se casa. Alice es una unión entre los dos hermanos, los dos la aman, y ella ama a los dos, pero ninguno está dispuesto a dejar a su hermano por ella, ni ella de dejar a ninguno por el otro.


Hay dos espacios elementales en la narración: la casa de Harbour, que está junto a la librería que les ha dejado el padre al morir (allí Wilbur termina quedándose con Alice), y el hospital, donde primero Wilbur es tratado y luego su hermano muere. En ambos, el hermano menor toma el lugar del mayor, pero es en las dos escenas del cementerio donde se nota y termina la trasformación del menor por el primero, luego del sacrificio de este: en la primera Wilbur hace preguntas como inmaduro, desconocedor, inquieto, mientras visitan la tumba de su padre; luego, él tiene las respuestas, él responde a la pequeña hija de Alice, a quien él ahora cuida. Se ha convertido en su hermano.

La película muestra transformaciones, variaciones de un personaje a otro. Harbour, el que cuida al hermano, el supuesto fuerte, deja su lugar para que Wilbur, el niño, se convierta en él, en adulto. La muerte del hermano mayor como sacrificio, hace que Wilbur se convierta en él que termine de crecer de alguna forma.

El pesimismo de Wilbur, que se opone a las ganas que tiene Harbour de vivir -quien es el que muere- son dos caras del mismo juego: el de sentirse sin nadie y afrontar la vida negándola, de dos maneras distintas: queriendo matarse, o viviendo un cuento de hadas que no es real, rechazando todo lo negativo. Wilbur y Harbour son dos huérfanos en medio del ambiente frío de Glasgow, del invierno, de la humanidad.

No hay planos generales que asocien a los personajes a demás personas, que les creen relaciones, son todos espacios pequeños reforzando su interioridad, es lo único que tienen, no se establecen vínculos fuertes; y los colores fríos que dominan la fotografía se estancan alrededor como quitando todo rastro de vitalidad. Alice es bastante reservada, parece un ser frágil, demasiado tímida. Y el doctor Horst, quien atiende a los dos hermanos por distintas causas, en el hospital, es frío, blanco, clínico, un alemán casi robot, que no quiere “nada de metáforas”, un hospital andante dentro de una bata.

Ninguno logra esquivar la suerte de ver al resto en frente y sin embargo no poder acercarse verdaderamente. Los personajes están poseídos por una suerte de fuerza mayor que los domina. Sólo al final, cuando parecen vivir tranquilos ya Wilbur con Alice, se vive una atmósfera de parsimonia, pero más conducida por el haber evitado los problemas que por haberlos vencido. “Está bien que los seres se unan cuando no tienen a nadie”, dice Harbour, y el peso de la luz, los contrastes, las formas bajo las cuales actúan los seres que aquí transitan, los llevan de la mano de su real soledad a seguir caminando así, en compañía de otros, pero solos.

Gustavo Lopez T.
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