Mostrando entradas con la etiqueta José María Arguedas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta José María Arguedas. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de abril de 2011

Arguedas, el arte y el arte popular

Entre el 17 de enero y el 27 de febrero, en la Galería Pancho Fierro de la Municipalidad de Lima se realizó la muestra Arguedas Hoy. El título me alegró inmediatamente porque alude a la actualidad de José María Arguedas. Y en un país tan jerarquizado, racista, discriminador y lleno de discursos irreflexivos y reduccionistas como el Perú, es esperanzador que en lugar de una muestra de documentos o un ciclo de conferencias para repetir lo mil veces dicho sobre el autor, se plantee el desafío de repensar y actualizar a Arguedas a través del arte contemporáneo. Me pareció fenomenal. Pero la triste sorpresa llegó casi inmediatamente, al leer en el sitio web creado para la ocasión que la exposición:

"se puede definir como un diálogo entre artífices populares y artistas plásticos jóvenes en torno a la visión de José María Arguedas, sobre un Perú pluricultural en donde todas las manifestaciones culturales conviven en un diálogo compartido".

¿Artífices populares y artistas plásticos jóvenes?

La triste dicotomía artífice popular/artista plástico me hizo recordar inmediatamente a Joaquín López Antay y el escándalo que se produjo cuando recibió el Premio Nacional de Cultura en 1975, que seguramente habría alegrado mucho a Arguedas, pero que, en manos de María Elena Alvarado, Víctor Vich y Carlos Villacorta (curadores de la muestra), quizá se hubiera convertido en el Premio Nacional de Cultura Popular. Porque el término popular, aquí, no se opone como correspondería al término élite, sino que se le subordina a la categoría misma de arte o de cultura. Lo que no es otra cosa que reestablecer las jerarquías contra las que luchaba tanto Arguedas: las élites hacen el verdadero arte, la verdadera cultura, los demás, hacen arte popular.

Pero hay una dicotomía más profunda que es sobre la que -creo- habría que profundizar si se quiere hablar de Arguedas hoy, y es la de convivencia pluricultural versus inclusión. Arguedas, como bien señalan los organizadores de la muestra, aspiraba a un Perú en el que la convivencia pluricultural sea posible, en la que cualquier hombre pueda vivir feliz todas las patrias. En cambio, en el nombre de Arguedas y de reivindicaciones indigenistas o "de lo popular", se aspira hoy, sin problematizar el concepto, a la inclusión. Sin detenerse a pensar que el proceso de inclusión necesita de al menos dos actores: uno activo, que incluye, y otro pasivo, que es incluido, a la vez que un sistema determinado en el cual incluir al actor pasivo. Las élites de las artes plásticas peruanas, así como el Estado centralizado, hispanoparlante y occidentalizado se arrogan el derecho de ser quien incluya a los "artífices populares", a los bárbaros, los peruanos que no pertenecen a ninguna élite, los de origen andino o amazónico, los que no tienen el español como lengua materna o Lima como residencia habitual, los que no siguen necesariamente los modelos occidentales, los populares, los otros.

Si queremos pensar con Arguedas, lo primero es reconocer el lugar desde el que hablamos. En una sociedad como la peruana, ¿queremos mantener las jerarquías, borrarlas, invertirlas? ¿Queremos modernizar al bárbaro? ¿Incluir al "artífice popular" en los espacios de los artistas plásticos de verdad? Creo que el centenario de Arguedas, y mucho más una exposición en su nombre, deberían obligarnos a la reflexión. Es tiempo de tomarnos las cosas un poco menos a la ligera.

Texto tomado de http://revoluciondiversa.blogspot.com/2011/02/arguedas-el-arte-y-el-arte-popular.html

POR: Jaime Vargas Luna (Junin, 1980). Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y edición de libros en la Universidad Complutense de Madrid. Se ha desempeñado como editor de libros y columnista en el diario La Primera y la revista Oveja Negra. Actualmente sigue una maestria en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Wisconsin-Madison.

Puedes leer más de Arguedas en nuestro último número de la revista La Luna de Pierrot:


Amilcar Hijar Hidalgo
Jose Cornelio Bello

José María Arguedas

miércoles, 20 de abril de 2011

LA LUNA DE PIERROT Nº2: EL SUEÑO DEL PONGO, DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente, en la gran residencia. Era pequeño de cuerpo, miserable de ánimo, débil, todo lamentable; sus ropas viejas. El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia.

-Eres gente u otra cosa -le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.

Humillándose, el pongo no contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.

-¡A ver! -dijo el patrón- por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parecen que no son nada. -¡Llévate esta inmundicia! -ordenó al mandón de la hacienda.

Arrodillándose, el pongo besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina. El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer, lo hacía bien. Pero había un poco como de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. “Huérfano de huérfanos; hijo del viento, de la luna, debe ser el frío de sus ojos, el corazón, pura tristeza”, había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.

El hombrecito no hablaba con nadie, trabajaba, callado comía. “Sí, papacito; sí, mamacita”, era cuanto solía decir. Quizá a causa de tener una cierta expresión de espanto y por su ropa tan haraposa y acaso, también, porque no quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo, delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo. Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.

-Creo que eres perro. ¡Ladra! -le decía. El hombrecito no podía ladrar.
-Ponte en cuatro patas -le ordenaba entonces.

El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies.

-Trota de costado, como perro -seguía ordenándole el hacendado. El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna. El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo.

-¡Regresa! -le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor.

El pongo volvía, corriendo de costadito. Llegaba fatigado. Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el Ave María, despacio, como viento interior en el corazón.

-¡Alza las orejas ahora, vizcacha!
-¡Vizcacha eres! -mandaba el señor al cansado hombrecito.
-Siéntate en dos patas; empalma las manos.

Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas. Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.

-Recemos el Padrenuestro -decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila.

El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie. En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigían al caserío de la hacienda.

-¡Vete, pancita! -solía ordenar, después, el patrón al pongo. Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos.

Pero, una tarde a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ese, ese hombrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía un poco espantado.

-Gran señor, dame tu licencia, padrecito mío, quiero hablarte- dijo.

El patrón no oyó lo que oía.

-¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro?- preguntó.
-Es a ti a quién quiero hablarte -repitió el pongo.
-Habla... si puedes -contestó el hacendado.
-Padre mío, señor mío, corazón mío -empezó a hablar el hombrecito-, soñé anoche que habíamos muerto los dos, juntos; juntos habíamos muerto.
-¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio -le dijo el gran patrón.
-Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos los dos juntos, desnudos ante nuestro gran padre San Francisco.
-¿Y después? ¡Habla! -ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad. Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro Gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pesando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío.
-¿Y tú?
-No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.
-Bueno sigue contando.
-Entonces, después nuestro padre dijo con su boca: “De todos los ángeles el más hermoso que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro pequeño que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de la chancaca más transparente.
-¿Y entonces? -pregunto el patrón. Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta pero temerosos. -Dueño mío, apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel brillante, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave, como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro.

-¿Y entonces? -repitió, el patrón.

“Ángel mayor: cubre a este caballero can la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre”, diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente.

-Así tenía que ser- dijo el patrón, y luego preguntó:
-¿Ya ti?
-Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro Gran Padre San Francisco volvió a ordenar.
-“Que de todos los ángeles del cielo venga el que menos vale, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano”
-¿Y entonces?
-Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro Gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande.
-Oye viejo -ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel- embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!.
-Entonces con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata me cubrió desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado, Y aparecía avergonzado, en la luz del cielo, apestando.
-Así mismo tenía que ser -afirmó el patrón- ¡Continúa! ¿O todo concluye allí?...
-No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro Gran Padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mi, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria, y luego dijo: “Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo”. El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.

José María Arguedas

EL SUEÑO DEL PONGO.
No es un cuento original de JMA sino que este aseguró haberlo oído de un comunero cusqueño en la ciudad de Lima. Así, con este cuento nos encontramos ante una tradición cultural del mundo quechua pero narrado a través de la voz literaria de José María Arguedas. Existe una documental fotográfico de este cuento, el cual se puede encontrar en http://goo.gl/87Hg1.

LA LUNA DE PIERROT Nº2: "PERO EL ODIO SIGUE HIRVIENDO CON MÁS FUERZA EN NUESTROS PECHOS”: CRÍTICA IDEOLÓGICA Y RESENTIMIENTO EN AGUA DE JMA

Toda escritura es ideológica. Incluso aquellas que reclaman el esteticismo como bandera del acto de escribir. Terry Eagleton señala que la ideología no se remite a un conjunto de doctrinas sino que ésta “significa la manera en que los hombre viven en una sociedad de clases, los valores, ideas e imágenes que los atan a sus funciones sociales y que, de esta manera, los aleja de un verdadero conocimiento de la sociedad en su totalidad” (Eagleton 1976: 16-17)[1].

No obstante, Eagleton menciona que si bien el arte no puede reducirse a la ideología, no podemos dejar de pensar en el hecho de que existe una relación entre ambas toda vez que la materia misma del arte es la “ilusión”. Y hay que precisar que la ideología también existe como una “ilusión”, es decir como una distorsión de la realidad [2].

Con todo, tal reduccionismo nos pone frente a un dilema mayúsculo: ¿todo el arte no es más que la simple manifestación de la ideología dominante o es que acaso existen objetos artísticos que se alejan de ese imperativo? Una respuesta afirmativa al primer dilema nos pone frente a un ‘marxismo vulgar’, como señala el propio Eagleton, pues es evidente que hay proyectos estéticos que al mismo tiempo se enfrentan a los supuestos ideológicos de su momento. Desde esta perspectiva también se puede comentar la obra de José María Arguedas, el escritor peruano que mejor ha comprendido y representado a través de la ficción -mediada por su propia experiencia- la amplia problemática de los Andes y sus conflictos ante un poder monológico.

No se trata de aplicar un manual que encaje con las formas expresivas de la poética arguediana. Todo lo contrario. Examinando los modos de representación del espacio social, se observa en la escritura del primer Arguedas el propósito de poner en relieve la conflictividad que atraviesa a la sociedad andina. Constituida como un campo discursivo, la ideología dominante le otorga un lugar determinado e infranqueable a cada sujeto social, pero que a contracorriente de esa condición genera un malestar in crescendo, una emergente violencia que a fuerza de voluntad se reprime. En efecto, en Agua (1935) nos encontramos con una narrativa provocadora. Una permanente tensión habita a lo largo de los relatos como consecuencia de los antagonismos entre los mistis —los ‘principales’— y los comuneros indígenas.

El enfrentamiento por el uso del agua, recurso fundamental para la supervivencia en los Andes, es el hilo conductor de la historia liminar del libro; aunque alrededor de este conflicto inicial se aglomeran las múltiples contradicciones que organizan el espacio social representado, como el abuso de los principales, la explotación de la fuerza de trabajo indígena, la injusticia social, el latrocinio, la impunidad.

Por su parte, el término ‘principal’ no solo evoca una jerarquización social. Sugiere la fragilidad de una modernidad que se funda en la negación de la condición ciudadana de los comuneros. Esta condición negada les impide pertenecer al cuerpo nacional y contribuye decisivamente al abuso legitimado por un Estado que no aparece sino a través de sus signos más elocuentes. Así, por ejemplo, el narrador de “Agua” recuerda el alzamiento de los chaviñas contra el principal Don Pedro, y cómo luego vinieron los soldados y “abalearon a los comuneros y sus criaturas” (22). Y en “Los Escoleros”, se refiere: “[D]esde lejos vienen soldados para respeto de los principales. Allá, seguro, hay como un padre de todos los patrones y seguro es más grande; seguro tiene rabia y odio nomás en su cabeza, en su pecho, en su alma (…) ¡Malhaya vida!” (59).

Como se desprende de la cita, el mismo aparato legal de la nación fija su posición subalterna y justifica el latrocinio, hasta el punto de que hay un irremediable fatalismo en la manera en que los comuneros perciben y enuncian las contradicciones de su entorno: “¡Carago! ¡Mistis son como tigres!”, dice una voz; “¡Comuneros son para morir como perro!”, dice otra. Esta visión fatal de la existencia implica también una desolación metafísica que deriva en la pérdida total de fe hacia el Dios cristiano: “Mentira es: Taytacha Dios no hay” (35).

En ese sentido, Agua no solo agrupa un conjunto de relatos que señalan una modernidad fallida. También pueden leerse como una metáfora del resentimiento que se fragua silencio-samente en el corazón de los comuneros, de los Tinkis, de los mak’tas, de los escoleros. De ahí que un deseo constante sea enunciado como la única posibilidad de salvación: “Tayta: ¡que se mueran los principales de todas partes!” grita al final el narrador de “Agua”. Junto con ello, el odio desafiante se acrecienta, “sigue hirviendo” en los pechos de los indios, como señala Juancha, el mak’tillo wikullero, al final del cuento “Los Escoleros”.

La crítica ideológica de Arguedas es contundente: solo la fuerza organizada de los comuneros y el desafío abierto hacia los mistis podrán generar agencia y, con ello, un cambio radical en el orden social. Una propuesta contestataria, sin lugar a dudas. Quizá por ello el Estado (¿el Padre de los principales?) prefirió Machu Picchu, símbolo mudo de una peruanidad turística, a la figura de Arguedas, un escritor que provoca, que imagina un país distinto al que se quiere construir desde el monólogo político, como signo oficial del año 2011. Para concluir: toda lectura es política.

NOTAS
[1]. En ese sentido, Eagleton refiere que un texto como kWaste Land, de T. S. Elliot, resulta ideológico, pues “muestra a un hombre dando sentido a su experiencia en formas que prohíben un verdadero conocimiento de su sociedad, formas que son consecuentemente falsas” (17). Mi traducción en las referencias en inglés.
[2]. Así, por ejemplo, el enunciado “la comida peruana es la mejor del mundo” revela no solo una afirmación incontrastable con la realidad respecto a si efectivamente ‘es’ la mejor comida del mundo, sino que también manifiesta una declaración de dudoso nacionalismo. He ahí una distorsión que muchos peruanos asumen como un dato veraz de la realidad, cuando no es más que la ilusión ideológica de un discurso triunfalista que oculta y maquilla las contradicciones que atraviesa la sociedad peruana de hoy en día. Véase también: Eagleton 1997, 13-55.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
Arguedas, José María. Agua. Lima: Ediciones Nuevo Mundo, 1965.
Eagleton, Terry. Marxism and literary criticism. University of California Press, 1976.
---------. Ideología. Una introducción. España: Ediciones Paidós, 1997.

POR:
JOSÉ CORNELIO BELLO. Realiza estudios de doctorado en el Program of Spanish and Portuguese de Georgetown University, Washington DC.

LA LUNA DE PIERROT Nº2: APUNTES SOBRE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

El 18 de enero de 1911 nació, en la ciudad de Andahuaylas, José María Arguedas, quien viviera hasta el 2 de diciembre de 1969, cuando se suicidó en la ciudad de Lima. JMA es considerado uno de los más destacados narradores peruanos del siglo XX, renovó la literatura de su tiempo desde su perspectiva indigenista la cual lo llevó más allá de la creación literaria y a la que le dio un nuevo sentido. Su producción intelectual es tan inmensa y variada que no sólo comprende obras de ficción (baste mencionar el cuento El sueño del pongo), sino que cuenta con ensayos sobre la cultura andina, artículos de antropología y estudios de folklore, que reflejan un conocimiento profundo del universo andino, el cual él experimentó. Su obra ha sido traducida a más de 30 idiomas y sobre él se ha escrito infinidad de ensayos, artículos y tesis doctorales en diversas universidades del mundo. Es, pues, uno de nuestros peruanos más ilustres.

Es difícil estudiar la genialidad que representa José María Arguedas por la multiplicidad de expresiones que encontramos en su persona (si su obra literaria completa abarca 5 tomos, la antropológica comprende 7). Si bien fue conocido en el ámbito literario como un hombre de letras
dedicado a la exposición de la realidad del indígena del siglo XX, no dejó su profundo interés por analizar los cambios culturales generados por la presencia de la acción de la modernidad como un “estilo de vida”, teniendo como ejemplo en este caso dos trabajos excelentes: uno sobre Puquio, relacionado en el contraste generacional de conservación de la tradición de las comunidades campesinas y, por otra parte, la ausencia de ella entre los jóvenes. El segundo es una interesante apreciación sobre la evolución socioeconómica del valle del Mantaro, debido a su cercanía con la dinámica del mercado de Lima.

Como antropólogo, es decir como un ser académico, concretizó su visión del proceso del cambio en su tesis doctoral: “Las comunidades de España y del Perú”, donde vislumbra la influencia ejercida por las formas de vida de la comuna española de mitad del siglo XVI en la configuración de las llamadas “comunidades indígenas”, que luego le sería muy útil en el entendimiento del “mestizaje” de su póstuma novela: Los zorros de arriba y los zorros de abajo al referirse al nuevo fenómeno social emergente en Chimbote: el cholo.

Pero Arguedas, más allá de ser conocido como literato y antropólogo, dejó también trabajos vinculados al entendimiento teórico del folklore. Su artículo ¿Qué es el folklore? (1964) fue considerado por las generaciones de estudiosos como modelo a seguir en el sustento teórico de tesis universitarias.

Debemos añadir su valioso aporte desde la dirección de la oficina de folklore de la entonces Casa de la Cultura de la década de los años de 1970, al registrar en cintas de audio y video, un conjunto de danzas de diversos lugares del Perú. Una parte conservada en la Pontificia Universidad Católica del Perú y una parte pequeña en la Escuela Nacional Superior de Folklore José María Arguedas. Su afán por entender y estudiar las manifestaciones folklóricas lo llevó a asesorar las presentaciones de artistas en los grandes coliseos de la década de los años 60, es decir, realizó una gestión cultural mucho antes de que surgiera este término.

Pocos o escasos son los escritos en torno a esta labor, o a la de docente en colegios del interior o en la famosa Unidad Escolar Nuestra Señora de Guadalupe. Tampoco se tiene conocimiento mayor sobre su labor docente y cultural en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y la Universidad Nacional Agraria La Molina.

Creo que no se agota el estudio sobre Arguedas: existen varias dimensiones por desentrañar de su mundo psicológico, amical, de su cultura etílica, de su pasión musical, de sus amores prohibidos, de su afán político o ideológico o de su propia enfermedad mental que lo llevó a su autoeliminación. Quedan aún espacios por descifrar, que no dudo en un futuro cercano, investigadores jóvenes lograran colmar para complacer nuestra ansiosa inquietud.

POR:
AMILCAR HIJAR HIDALGO (Lima, 1970) Antropólogo por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con estudios de maestría y doctorado en Ciencias Sociales, con segunda especialización en educación por la misma universidad. Maestría en psicopedagogía y orientación tutorial por la Universidad Católica Sede Sapientae. Es docente en la Universidad Ricardo Palma y Director de Investigación de la Escuela Nacional Superior de Folklore José María Arguedas.

LA LUNA DE PIERROT Nº2: JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

Todas las sangres. José María Arguedas pensaba en un proyecto para el país que partiera del reconocimiento de nuestra diversidad para establecer relaciones de igualdad pero respetando las diferencias.

El trabajo antropológico y literario que ha legado al país está imbuido por ese pensamiento. Aunque podría decirse más: su vida estuvo imbuida en esta idea y se debió completamente a ella. Tanto fue este compromiso que en la carta que dejó antes de su suicidio dijo: “casi demostrado por dos sabios sociólogos y un economista, también hoy, de que mi libro “Todas las sangres” es negativo para el país, no tengo nada que hacer en este mundo”.

A cien años de su nacimiento, es momento de no dejar en el olvido ese compromiso. Si bien es cierto que el Arguedas que más conocemos es el literario, este año se da la oportunidad de reconocer también la figura del hombre que se dedicaba a la investigación y al acercamiento meticuloso a todo de lo que pudiera extraerse experiencias socioculturales para entendernos mejor.

En este sentido es realmente importante que su obra antropológica esté a punto de ser editada íntegramente en los próximos meses como parte de las celebraciones en torno a JMA gracias a gestiones que darán su fruto muy pronto.

De esta manera, en este centenario, dos colaboradores dan su voz para recordar a Arguedas desde La Luna de Pierrot: José Cornelio Bello y Amílcar Hijar Hidalgo, quienes en las siguientes páginas comparten su conocimiento e ideas sobre lo que encierra JMA como pensador peruano, en los dos campos de su actividad intelectual. Finalmente El sueño del pongo, cuento recogido por el propio Arguedas, pone punto final a este breve homenajes, esperando haber contribuido a crear mayor interés por la obra arguediana y seguir abriendo puntos de debate sobre esta.

Lea los artículos sobre José María Arguedas de La Luna de Pierrot N°2


martes, 18 de enero de 2011

José María Arguedas Altamirano. Un centenario para recordar y revivir

Nació en Andahuaylas, hace 100 años, un 18 de enero. Su niñez no fue fácil y quizá ello marcó el resto de su vida. Ello pudo marcar la antropología, la etnología y la literatura que nos legó, que le llevó la vida y que le costó su vida.


La riqueza social con la que nutrió cada uno de sus relatos, su poesía, toda su obra, fue un elemento nuevo para nuestras letras. La visión de un país dividido por elementos culturales que se funden en la sociedad generando una serie de problemas estructurales fue la que condujo su camino, comprometido con comprender los dilemas que representaba el saber que pertenecemos a un mundo escindido: el Perú de todas las sangres, de todas las razas, todos los colores, todas las miradas y, por ello mismo, de todos los problemas, los conflictos y desencuentros.


Este complejo panorama lo llevó a tener una vida activa en el estudio de nuestra peruanidad como problema, desde sus trabajos de investigación en las ciencias sociales, su obra literaria o la difusión de la cultura andina, ya sea como profesor o funcionario.


Desde 1931 fue estudiante en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y tan sólo 4 años después publicó su primer libro de cuentos: Agua. Más adelante sería parte del grupo que fundara la revista Palabra.


Yawar Fiesta llegaría en 1941. Los ríos profundos en 1958, y con ella un gran reconocimiento que perduraría hasta nuestros días. El sexto tardaría hasta 1961. Para 1964 vería la luz Todas las sangres. En 1966, sin embargo llegaría un adelanto de su última obra: intenta suicidarse por primera vez.


Tras recuperarse un poco de su crisis psicológica y del aislamiento autoinducido, Arguedas vuelve a caer y el 28 de noviembre de 1969 se dispara en la cabeza, tras encerrarse en un baño de la UNALM. Cinco días después Arguedas moriría para la el Perú terrenal que tanto estudió y amó. Quedaría para el Perú del futuro no sólo su obra, sino su presencia como un peruano que quiso comprender qué es este país y cómo funciona. Su obra póstuma, El Zorro de arriba y el zorro de abajo se publicaría al año siguiente.


El sueño del pongo:



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...