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miércoles, 20 de abril de 2011

LA LUNA DE PIERROT Nº2: ALFA Y OMEGA

El despertador sonó a las cuatro treinta. Desayunó con su mujer en la cama. Lloraron juntos. Habían decidido que ella no iría a verlo partir. Debía seguir con su vida. Se amaron por última vez. Se quedaron abrazados, desnudos, durante una pequeña eternidad. Lloraron otra vez cuando él la besó y subió al auto oficial que había venido a buscarlo. Se habían dicho que no habría despedidas amargas.

-Hasta luego mi amor -dijo él.
-Que tengas un buen día mi vida.Cuidate -dijo ella.

Cuando el auto arrancó, él miró hacia atrás a su esposa que se quedó con la mano levantada en la puertita blanca del pequeño jardín. Eran las ocho horas, veintidós minutos del veintisiete de marzo de dos mil doce.

Subió al prototipo, se ajustó los cinturones, y esperó el momento. El Comandante David Villers, piloto de pruebas de la primera nave con motores de bosones, abandonó la tierra a las dieciséis cuarenta. Se estimaba en un setenta por ciento sus posibilidades de éxito.

Se sumergió en un estallido de luz que se imprimió en su cerebro a través de todos los poros de su piel. Casi inmediatamente, perdió contacto con la base y fue claro para él que el experimento había fallado y había sido empujado a un espacio-tiempo increado. Los minutos se hicieron días, que fueron semanas y meses, que fueron años y luego siglos. Se encontró en los bordes de la la más lejana de las galaxias y también fue sometido a la terrible fuerza del útero central de la nuestra. Estuvo en la explosión aniquiladora que lo empezó todo, y cuando el crecimiento de la entropía se detuvo. Recorrió mundos de ensueño y planetas de terror inenarrable. Contempló maravillas que otro hombre no verá jamás y sintió la más absoluta e insoportable soledad de la verdadera nada. Deseó morir en cada uno de los días que pasó allá. Deseó ver otra vez a su esposa. Fue el alfa y la omega. Fue Dios y Demonio.

Creó mundos que luego deshizo entre sus dedos, como si fueran terrones. Fue torturado por inteligencias que, sin embargo, se comportaban como niños. Conoció el fuego del interior de los soles y el frío de bañarse en el espacio absoluto. Su cabeza explotó en el vacío mientras sus pies eran atraídos por la gravedad de diez mil millones de estrellas Cierto día volvió. Una explosión en looping lo devolvió a la Tierra. Su piel estaba seca y no había una sola parte de ella que no presentara arrugas. Su cabello casi inexistente tenía el color blanco amarillento de las eras. Sus ojos, antes celestes, estaban grises y apagados. Arrastraba los pies, le temblaban las manos y tenía la espalda encorvada. Llegó a su calle, a la puertita blanca del jardín y entró a la casa. Su mujer estaba en la cocina lavando las tazas del desayuno. Al oír los pasos tan amados preguntó, sin mirar

-¿Olvidaste algo, mi cielo?

Eran las ocho horas, veintinueve minutos del veintisiete de marzo de dos mil doce.

POR:
DANIEL FRINI (1963) escritor y poeta argentino. Publicó narrativa y prosa en varias antologías (Visiones 2009, Borumballa 2010, Grageas 2, 20 años de 3+1, Voz Hispana 1, Años Maduros, etc) y “Poemas de Adriana” (poesía, 2010). Premios “La Oveja Negra”, “El dinosaurio”, “Cosme Reniero” y “Garzón Céspedes”. Colabora en varias revistas en papel y digitales y en varios blogs.

LA LUNA DE PIERROT Nº2: DER RATTENFANGER

En junio de mil doscientos ochenta y cuatro, Hameln estaba infestada de ratas. Los buenos hombres de la ciudad no encontraban forma de librarse de ellas, aún después de haber recurrido a los más afamados alquimistas de la comarca. Cierto día se hizo presente un músico extraordinario, pero misterioso, que decía venir de la vecina Hadessen. Prometió librarlos de la plaga a cambio de un fabuloso extipendio. Desesperados, los habitantes aceptaron. El Virtuoso estaba acompañado por un séquito de diez sirvientes y pajes, que montaron su enorme órgano tubular y lo dispusieron en la Plaza Mayor, cinco chantrés, cuarenta integrantes del coro; y, claro está, seis diáconos y un déan.

El Músico se sentó al frente del instrumento y durante dos días, de continuo, entonaron motettos, discantos, conductos, gymels, faux-bordones, duplos y tripcclos, rondellós, hoquetos, responsorios, canons, ave verum corpus, imitaciones y fugas, tropos y secuencias. Costó mucho, pero al final de la segunda jornada, la plaga había dejado Hameln rumbo al río Wesser. ElCazador de ratas exigió el pago, pero los habitantes de Hameln no pudieron reunir la fortuna acordada. Con parsimonia, el músico ordenó a su cohorte que se alistasen nuevamente. Otra vez se sentó frente a su órgano, suspiró y descargó sus manos sobre las teclas. El tritono prohibido «Mi contra Fa», el diabulus in música, tronó el aire. Chantrés, coro, diáconos y dean se trasvistieron en trouvés y juglares cazurros, ministriles, goliardos, minneängers, saltimbanquis, equilibristas, meretrices y bailarinas. De sus viejas carretas sacaron sus instrumentos:f rabés, fídulas, cornamusas, zanfoñas, arpas, cémbalos, laúdes, cornetas, chirimías, sacabuches, añafiles, trombettas, flautas de pico, alboques, traveseras, bombardas, dulzaínas, caramillos, cromornos, bajones, darbukas, tamboretes, panderos, carrillones, olifantes, buccinas, crótalos, vihuelas, orlos, cornettos y pífanos; la mayoría de ellos censurados por la Santa Madre Iglesia.

Durante otros cinco días entonaron baladas madrigales, virelays, frottolas -villanellas, villottas, strambottos y barzellettas- y caccias, cançós, sirventés, laudas, pastorellas, estampiés y hasta jarchas y moaxacas. Bailaron basse danse, salterello, danse macabre, branle y tresque, carolas, y tantas otras danzas prohibidas desde las olvidadas bacanales del pasado. Bebieron vino, cerveza, hipocrás, claré, hidromiel, sidra y perada expropiados de las casas de la ciudad. Se emborracharon hasta caer y escandalizarn a todos con sus gritos, sus obsenidades y exhibiciones
orgiásticas.

Al fin de la séptima jornada, cansados de tanto vicio y vulgaridad, alarmados por tanta ostentación demoníaca, los buenos vecinos de Hameln negociaron con los varegos del rey noruego Magnus el sexto; y les vendieron, como esclavos, ciento treinta de sus niños. Cuando le hubieron pagado, el Músico ordenó a los suyos que desmontasen el gran órgano, guardasen los instrumentos y se preparasen para partir.

Dejaron la ciudad el veintiséis de junio día de los santos Juan y Pablo. Acamparon en Emmerthal, a un día de marcha de Hameln. Dos de los sirvientes del Músico se adelantaron, con una gran carreta, hasta Ottenstein y se detuvieron a unas trescientas yardas de distancia da las puertas de la ciudad. Allí liberaron el cargamento. En julio de mil doscientos ochenta y cuatro, Ottenstein estaba infestada de ratas y los buenos hombres de la ciudad no encontraban forma de librarse de ellas. Cierto día se hizo presente un músico extraordinario, pero misterioso, que decía venir de la vecina Hameln. Prometió librarlos de la plaga a cambio de un fabuloso extipendio.

POR:
DANIEL FRINI (1963) escritor y poeta argentino. Publicó narrativa y prosa en varias antologías (Visiones 2009, Borumballa 2010, Grageas 2, 20 años de 3+1, Voz Hispana 1, Años Maduros, etc) y “Poemas de Adriana” (poesía, 2010). Premios “La Oveja Negra”, “El dinosaurio”, “Cosme Reniero” y “Garzón Céspedes”. Colabora en varias revistas en papel y digitales y en varios blogs.
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