jueves, 21 de enero de 2010

UN ESTRUENDO SILENCIOSO DE ANGUSTIA

(Primera parte de un artículo sobre el expresionismo cinematográfico alemán)

El expresionismo es una tormenta: desde los nubarrones oscuros que anuncian la proximidad de la tempestad, hasta la llegada de la lluvia, los vientos y los truenos, que azotan incesantemente; una amenaza que quiere arrasar con todo y quiere ser total, que da luz con sus rayos, pero sólo para encontrar lugares en los que las sombras jamás se pierden, en donde pueden cobijarse los seres creados y rescatados del imaginario de un pueblo con sentimientos casi tan fantasmagóricos como los representados en sus películas; un espíritu artístico que trata de distorsionar la realidad objetiva para encontrar un verdadero sentido, que nazca del interior.

Movimiento que halló en Alemania el lugar perfecto para desarrollarse, tanto como se lo permitió el momento histórico por el que pasaba este pueblo: un punto que era, prácticamente, la explosión aguantada que no había reventado en años, décadas, de opresión, respecto a un entorno siempre oscuro, intranquilo y confuso. Tanto estética, como históricamente, era momento de que el expresionismo tuviera su auge.

La derrota en la I Guerra Mundial dejó en Alemania una humillación que el Tratado de Versalles se encargó de remarcar: pagos de reparaciones, pérdida de territorio, reducción del ejército -golpe fuerte para una nación que se enorgullecía de su poderío militar-; lo que pasó después dentro de la sociedad alemana: la inestabilidad política, social y económica, los intentos de golpe de estado a la República de Weimar y, de entre este caos, la ascensión de Hitler. Mientras que por el otro lado, las nuevas búsquedas del arte, la ruptura entre ésta y la naturaleza tal como la percibían los sentidos, el reinado de las vanguardias y el influjo de Wilhelm Worringer para el surgimiento del expresionismo como contraparte del impresionismo. Éstas fueron las razones para que se buscara una verdad en un arte distinto, disconforme, amorfo y con una vitalidad que emanaba del grito de la muerte.




Gustavo Lopez Tassara
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